Las raíces de la violencia y la paz
- Caminando hacia la Paz
- 12 feb
- 5 Min. de lectura

Como una manera de sobresimplificar la realidad, afianzar identidades y establecer oposiciones excluyentes, la crianza de las personas suele estar plagada de concepciones binarias: bueno/malo; correcto/incorrecto; rico/pobre; indio/ladino; hombre/mujer. Sin temor a equivocarme, la más arraigada de esta manera de pensar es la que alude a la concepción binaria de género, base sobre la cual no solo hemos dejado de considerar, sino incluso hemos satanizado la existencia de otras múltiples identidades sexuales y de género que, desde una mirada despojada de prejuicios y estereotipos, no hacen sino enriquecer las dinámicas societales y culturales alrededor del mundo.
Pero hay otros binarismos que también nos están haciendo obviar diversidades, matices y gradaciones en numerosos ámbitos de la vida y campos disciplinarios. Me interesa subrayar, en estas líneas, la creencia generalizada alrededor de la paz como opuesta a la guerra, dado que, a mi juicio, se trata de una sobresimplificación que nos está impidiendo transformar de maneras más sostenibles y positivas el fenómeno de la violencia y la inseguridad.
Parte del problema es que el pensamiento dicotómico en torno a paz/guerra ha llegado incluso a operadores de instituciones y organizaciones en las que se diseñan intervenciones (llámense estas proyectos, programas o políticas públicas) en favor de la seguridad pública y ciudadana, que es como ultimadamente llegan a las y los ciudadanos de a pie las expresiones más concretas de eso que llamamos “vivir en paz”.
Preocupa que en el ámbito de la producción de más y mejor seguridad pareciera que los paradigmas de análisis han olvidado los valores, principios y concepciones metodológicas de la construcción de la paz, que no solo se refieren a realizaciones idílicas o “de buenas intenciones”, sino aluden a dinámicas concretas y, cada vez más basadas en evidencia científica, acerca de cómo prevenir la violencia y la delincuencia, mejorar relaciones disfuncionales y establecer mecanismos para el equilibrio de poder. La consideración de que cabe hablar de paz solamente cuando hay una guerra es, entonces, una de las razones por las cuales abunda la creencia de que la seguridad solo se construye con más armas, cárceles, cámaras de vigilancia, efectivos policiales armados (sean estos cuerpos del orden público o policías privados), despliegue militar, amenazas y leyes de corte draconiano.

En otras palabras, la sobresimplificación binaria de las dinámicas de conflicto, violencia y paz hace que a menudo consideremos que enfoques, estrategias, metodologías y prácticas de construcción de paz sean valederas únicamente tras conflictos bélicos, obviando que desde los estudios de paz o irenología –esa relativamente novel disciplina científica– se considera, como postulado básico, que ‘paz’ no se opone a ‘guerra’, sino a ‘violencia’.
La guerra es, por supuesto, una de las principales y quizás más ominosas formas de violencia, pues en ella la fuerza destructora de esta se expresa en su máxima potencia y, lo que quizás es más lamentable –sobre todo porque desde hace siglos la humanidad ha tratado de poner límites a lo que se puede y no se puede hacer durante una guerra, lo que en tiempos modernos se conoce como derecho de guerra o, más recientemente, derecho internacional humanitario–, la violencia se generaliza hacia civiles, entre ellos, niños, niñas, mujeres, personas de la tercera edad y en situación de discapacidad, entre otros. También afecta a los animales y, en general, a la vida sobre la Tierra, lo cual no es poca cosa en estos momentos en donde nos enfrentamos a una crisis socioambiental sin precedentes en la historia de la humanidad.
Además, durante la guerra la violencia diversifica sus mecanismos de crueldad y no solo se traduce en número de muertos y heridos, sino también se expresa en forma de violaciones sexuales –principalmente contra niñas y mujeres–, dificultades extremas de acceso a alimentos y servicios básicos (electricidad, agua, saneamiento, servicios de salud), detenciones arbitrarias, tortura y otros tratos crueles, inhumanos y degradantes, destrucción de inmuebles, desplazamientos masivos, entre otros. Al momento de escribir esto basta traer a la memoria visual las imágenes que nos llegan sobre el genocidio que Israel perpetra impunemente contra la población palestina, o rememorar declaraciones de ciudadanos ucranianos o sirios huyendo de sus ciudades, para reconocer la tragedia de profundas dimensiones humanas que implica una guerra, cualquier guerra.
Pero la concepción binaria sobre paz/guerra a la que aludo líneas arriba no solo incide en el hecho de que en numerosos espacios de toma de decisiones las políticas, programas y proyectos de seguridad tiendan a olvidarse del paradigma de construcción de paz. También incide en que no queramos analizar y abordar desde los lentes de construcción de paz otras formas de violencia que están a la orden del día y que son, a la postre, las que más dificultades cotidianas generan. Estos lentes implicarían ir a la raíz desde la que se produce la violencia, que es el interior del ser humano, donde yacen las emociones aflictivas: miedo, angustia, frustración, toda suerte de apegos (al dinero, el poder, lo ideológico, el “honor”, la religión), el odio y muy distintas formas y niveles de ira y enojo, entre otras.

La paz se basa en relaciones, es decir, se expresa a través de relaciones entre las personas y los colectivos, si no saludables y edificantes (paz positiva), al menos no destructivas ni agresivas (paz negativa). Si se analiza detenida, aunque no exhaustivamente, resultará fácil reconocer en nuestro diario vivir que las relaciones se tensan cuando en menor o mayor grado una emoción aflictiva aflora y oscurece, aunque sea levemente, nuestra manera de percibir al otro o la otra, base sobre la cual reaccionamos y establecemos nuestra conducta.
Esta dinámica tan íntima y cotidiana desencadena acontecimientos, pues las relaciones se expresan en una cadena sintagmática que va desenvolviéndose a lo largo de la vida y va sobreponiendo emociones, hechos y miradas infinitesimalmente.
Así las cosas, asumir lentes de construcción de paz para abordar los problemas de violencia que nos circundan (que van desde la violencia armada y la violencia criminal que producen constante inseguridad, hasta la violencia que proviene de un Estado autoritario, el racismo y otras violaciones a los derechos humanos, o la violencia contra las mujeres, las niñas y los niños) implicaría –además de apostarle más a los tradicionales métodos alternos de transformación de conflictos en espacios públicos (procesos de diálogo y negociación, entre los más relevantes) e instaurar con más decisión y voluntad política estrategias de prevención de violencia basadas en evidencia– ir a la raíz del corazón humano, que es donde se origina la inveterada costumbre de hacer uso de la fuerza para hacer valer nuestra propia posición.
Un rasgo de todo este sinsentido es que por lo general creemos que ese “hacer uso de la fuerza” se ejerce contra los demás, cuando en realidad, además de infligir daño a otros, estamos autoagrediéndonos, poniendo capas y capas de argumentaciones para evadir nuestros traumas más profundos (tanto individuales como colectivos) y evitar un camino que, aunque exponga nuestra fragilidad e, incluso, nuestras miserias, constituye el único camino para evitar el sufrimiento, tanto el propio como el de los demás.

Asumir una mirada más consecuente con la complejidad del fenómeno del conflicto, la violencia y la paz implicaría, entonces, dar cabida a un trabajo más serio sobre la salud mental, vista no solo como un privilegio de quienes pueden acudir a los limitadísimos espacios clínicos que existen para procurarla sino, sobre todo, valorando dinámicas psicosociales que nos recuerden el carácter gregario de nuestra condición humana. *Publicado originalmente en la Revista APG edición 147, abril de 2024.
Para Caminando hacia la Paz
Isabel Aguilar Umaña
Febrero 2025