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Proyecto ganador en “Juntos Construimos Paz”, Feria y Concurso de Proyectos de los participantes del Diplomado en Construcción de Paz y Transformación Social de Conflictos


Una iniciativa de la directora, el personal y voluntarias de la Fundación El Buen Pastor (FBP) de Colombia, así como de la gerente regional de Good Shepherd International Foundation (GSIF) para América Latina y el Caribe.

 

En Venezuela, la crisis política, el colapso económico, la confrontación social causada por el choque entre ideologías, entre otras causas con graves y progresivas consecuencias, han motivado, especialmente desde 1999, una oleada de migración forzada hacia otros países. A finales de 2023 se calculaba que más de 7,722,000 personas se habían desplazado buscando oportunidades, siendo Colombia el país receptor con más cantidad recibida: casi 2.9 millones (37.6%) según la Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela, creada por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).


Esa tragedia humana aumenta cuando las condiciones de los y las migrantes no son las que anhelaban hallar en los territorios receptores y, sobre todo, cuando no tienen un estatus regular o de refugiado legalmente acogido, haciendo que mucha gente se vea abocada a vivir en condiciones de xenofobia, exclusión o explotación.


Thiana de Lourdes Balza Mora, venezolana, voluntaria de la Fundación El Buen Pastor (FBP), explica que muchas mujeres y familias de su país llegan en búsqueda de posibilidades que se les negaron allí, tales como acceso a la salud, al trabajo, la educación, la seguridad, la alimentación, y que muchas, por no contar con recursos económicos suficientes, se ven obligadas a ubicarse en zonas de alto impacto social, como lo es el Barrio Santa Fe, en la capital de Colombia, Bogotá, caracterizado por fuertes carencias socioeconómicas


Al llegar a dicho barrio, la gran mayoría de esas personas y familias migrantes buscan ganarse la vida de forma digna, sea vendiendo comidas o dulces en las calles, o buscando obtener un trabajo formal, entre otros. Pero, en ocasiones, en ese contexto de vulnerabilidad enfrentan conflictos por diversos motivos. Por ejemplo, “las arepas que vende la mujer colombiana son más económicas que las que vende la mujer venezolana, o viceversa, y por ello se presentan enfrentamientos”, comenta Thiana.


Ese escenario exacerbado por políticas y prácticas dañinas asistenciales, desequilibradas e inequitativas que resquebrajan la confianza y la solidaridad, fue justamente el que eligieron Thiana y siete compañeras más que participaron en una de las cohortes del Diplomado en Construcción de Paz y Transformación Social de Conflictos para diseñar, como actividad final del proceso formativo, una propuesta que aportara a la solución de conflictos entre mujeres. De ahí nació lo que denominaron Transformación de conflictos con espacios de reconciliación comunitaria, propuesta que ha sido avalada por la Fundación El Buen Pastor (FBP), la oficina regional Good Shepherd International Foundation (GSIF) para América Latina y El Caribe, y otras entidades pertenecientes a la Red de Aliados en la ciudad de Bogotá, entre ellas la Fundación Eudes, presente desde hace varios años en el barrio Santa Fe.


Heidy Hochstatter García, Gerente Regional para América Latina de la GISF;  la Hna. Adriana Patricia Angarita Camacho, Directora de la FBP (entidad sin ánimo de lucro ubicada en Colombia y Venezuela); Laura Valeria Zapata Aristizábal (Coordinadora de Programas y Planeación), Juliana Valencia Cardona (Coordinadora de Proyectos) y María Isabel Muñoz Cano (Coordinadora de Talento Humano), también de la  FBP; Claudia Adriana Pérez Esteban y Doris Sánchez Contreras, voluntarias de la FBP en Bogotá, son las otras integrantes del grupo. Todas ellas emprendieron el camino propuesto desde el equipo docente del diplomado para formular esta propuesta, la cual está en proceso de implementación de una prueba piloto y que, por su calidad y pertinencia, fue una de las seleccionadas y reconocidas en la feria-concurso “Juntos Construimos Paz”, evento organizado por la Comunidad de Práctica Caminando hacia la Paz, entre octubre y diciembre de 2023.


Para diseñar el proyecto, primero analizaron las causas y las consecuencias del problema con mucho detalle, consultando fuentes fiables que les aportaran un panorama lo más fidedigno, veraz y completo posible. Posteriormente, analizaron los actores directos e indirectos involucrados en el conflicto, así como aquellos que podían aportar a su mitigación y gestión, reconociendo el tipo de relación entre ellos. A partir de allí, formularon una teoría de cambio en la que sustentaron el diseño de su propuesta: 

TEORÍA DE CAMBIO DE LA INICIATIVA

Si promovemos la participación de las mujeres en espacios seguros de encuentro y diálogo, en un ambiente de resignificación simbólica, entonces lograrán transformar el lenguaje de uso cotidiano como herramienta de solidaridad y paz, porque al desarrollar estrategias conciliadoras construyen sus proyectos de vida e inciden en los de sus familias y comunidad.

Después, vino la fase de ideación de la estrategia y las actividades a desarrollar, así como el diseño del plan de control y evaluación, para lo cual, como explica Valeria Zapata, tomaron como ejemplos metodologías significativas orientadas a la construcción de paz con mujeres, como lo es ¡Mujer, no estás sola!, con sus grupos de apoyo de mujeres (GAM): 


Partimos de esa experiencia cercana que tenemos en la región, pues hemos implementado dicha metodología en las cinco sedes que tenemos en Colombia y en la sede de Venezuela. En Bogotá, por ejemplo, actualmente no contamos con una sede física, pero mantenemos una articulación con organizaciones aliadas, como la Fundación Eudes, con la cual facilitamos la metodología con mujeres allí vinculadas, permitiéndonos continuar con el ejercicio apostólico en el sector Santa Fe. Dicha experiencia evidenció, en las narrativas de las participantes, que estábamos tratando con un perfil que es prioritario para nosotros como Fundación, y también para GSIF, como lo es el de las mujeres que viven en condiciones de múltiples violencias. 


Esa práctica previa les mostró, entonces, la vivencia de una disputa por el control territorial entre las mismas mujeres, y un choque en las relaciones, manifestado no solo en acciones de agresión, sino en el uso de un lenguaje asimétrico y violento para posicionarse en un rol de poder, como lo manifiesta Juliana Valencia. Por eso mismo, la iniciativa tiene como eje la transformación de esas narrativas, de esa forma de nombrar y referirse a las otras mujeres, de la manera de comunicarse entre ellas, promoviendo un diálogo desde una perspectiva de reconstrucción de las relaciones y del tejido social, y desde la promoción de la empatía y la convivencia, buscando superar prejuicios, divisiones, rivalidades, actitudes y situaciones de exclusión.


El proceso diseñado incluye cuatro componentes fundamentales que, poco a poco, van haciendo más robusto el proceso, complementándolo y enriqueciéndose a medida que se van desarrollando: 


  • Primero, dinamizar espacios de encuentro y conversación que a lo largo de la experiencia han tomado el nombre de ReconectARTE. Buscan facilitar el acercamiento, generar confianza y propiciar el diálogo. También, que con ejercicios artísticos “las mujeres logren mirarse entre ellas, ponerse en el lugar de las otras, empezar a encontrar puntos de identidad común, y disponer el corazón para acercarse a aquellas con quienes se tiene diferencias”, como dice Claudia Pérez.

  • Segundo, tras vivenciar ese primer componente, promover la inclusión y la solidaridad por medio de una estrategia denominada Talleres Retazos, con la que buscan que grupos colombo venezolanos de mujeres construyan habilidades para crear y comercializar, de forma conjunta, manualidades realizadas con materiales reciclados, sacando adelante emprendimientos colaborativos como una alternativa y oportunidad para reconstruir de forma simbólica el tejido social afectado por las relaciones asimétricas, la disputa en el acceso a los derechos y los lenguajes violentos. 

  • Tercero, la realización de un taller más completo, con las mismas participantes, aplicando la metodología ¡Mujer, no estás sola! y sus grupos de apoyo entre mujeres. Esto ha permitido desarrollar aún más capacidades para promover su empoderamiento y poner en práctica valores como la sororidad. Entre otros motivos, porque esta metodología (GAM) “tiene como gran valor permitirle a las participantes, luego, ser multiplicadoras de esta herramienta a otras mujeres”, como resalta Claudia Pérez.

  • Y cuarto, finalizar con la evaluación y sistematización de lo hecho, de tal manera que se pueda consolidar la propuesta y, sobre todo, empezar a aplicarla en otros territorios, incluso en los que se atienden desde las sedes de la Fundación, en la Provincia Colombo Venezolana.


Si bien todas las autoras trabajan o colaboran en instituciones hermanas, lo cual pudo facilitar el diseño de la propuesta, y si bien ya se tenía acercamientos previos con mujeres del barrio elegido, los testimonios de las premiadas en la feria-concurso resaltan el aporte del Diplomado en Construcción de Paz y Transformación Social de Conflictos pues, como dicen varias, no solo les permitió cohesionarse como grupo, entre el equipo de las organizaciones y las voluntarias, sino también fortalecer las lecturas de los contextos y las realidades, identificar metodologías y herramientas significativas, conocer otras formas de proceder y estrategias impulsadas por otras instituciones para la transformación positiva de los conflictos. También destaca que mediante el ejercicio práctico que se iba haciendo, revisando y enriqueciendo a lo largo de todas las sesiones formativas, se pudo llegar a un resultado digno de recibir apoyo interinstitucional para ser desarrollado.


“Yo creo que Dios nos ha abierto el camino, porque fue por medio de la participación activa en el diplomado que retomamos el pensar en este tema del conflicto entre mujeres migrantes y no migrantes, y fue una oportunidad para que la Fundación también se interesara en él y nos apoyara”, menciona Claudia.


Y complementa Thiana: “nos permitió soñar y nos dio herramientas para hacer esos sueños realidad, porque, justo hoy, por ejemplo, comenzamos la convocatoria en uno de los talleres piloto de la estrategia ReconectARTE, en la sede de la Fundación Eudes”.


Y es que el establecer lazos, redes de colaboración, así como vínculos entre las organizaciones e instancias de la Iglesia, es vital en la construcción de paz, y así lo comprendieron estas participantes en el diplomado, lo que las ha animado a compartir su propuesta en redes y espacios de encuentro entre organizaciones, para que más personas sumen y más entidades apoyen. Eso les ha posibilitado hasta el momento, por ejemplo, hacer un convenio con una productora audiovisual que, mediante ejercicios artísticos, lúdicos, creativos y prácticos, está apoyando los talleres del primer componente, como expone Juliana, y comenzar a establecer alianzas para, más adelante, continuar con la estrategia de los Talleres Retazos.  


Camila Jurado, de la productora, aclara:


Decidimos apoyar estos talleres porque, como nos lo ha enseñado la Hna. Adriana, no solo aprenden ellas, sino que también esto nos permite a nosotros “aportarnos”, al compartir con las mujeres.  Es algo recíproco que nos fortalece como personas.  Por eso, lo que queremos es brindar un espacio para tener el derecho y el privilegio de “habitar y cohabitar”, por medio del arte (juegos escénicos, dramatizaciones, ejercicios vocales, etc.), permitiéndonos conectarnos con nuestra propia voz, con nuestro propio cuerpo, con la capacidad de escucharnos y escuchar al otro, para descubrir quién soy y quién es. De ahí que hemos diseñado un encuentro en el cual, con herramientas artísticas, vamos a poder jugar y crear con la otra persona, sin juzgar quién es, para facilitar lo que sigue después.


La convocatoria es abierta, pero si bien desde la Fundación se puede impactar un número significativo de personas, la presente iniciativa, en su fase piloto, tiene como proyección que por lo menos 20 mujeres (colombianas y venezolanas) se vinculen inicialmente al proyecto y participen activamente en el desarrollo, pues como complementa Valeria, se busca

también posicionar un rostro y una espiritualidad, la del Buen Pastor, para promover que todas las personas aprendan a acoger solidariamente; en este caso, para que las mismas mujeres reconozcan formas de violencia que desdibujan el rostro de quienes las padecen, y para que, juntas, con presencia y acción conjunta entre diversas organizaciones de Iglesia, se reconstruya el tejido y se transformen los lenguajes.


Por eso mismo, las responsables de esta iniciativa agradecen el premio y la ayuda financiera que este incluye y hacen un llamado extensivo a todas las instituciones y personas que deseen vincularse de alguna forma para el desarrollo de la propuesta, para que esta logre los resultados y la incidencia esperada:


El sueño grande es impactar a un número significativo de mujeres, y que logremos fortalecer las actividades. Por ejemplo, logrando que, al final de los Talleres Retazos, se logre constituir una asociación de mujeres y que ellas alcancen a impulsar unos emprendimientos que les permitan obtener unos ingresos económicos, porque este es un pilar fundamental para encontrar una estabilidad e independencia económica –comenta Claudia–. 


Valeria, por su parte, señala la importancia de “hacer una feria para visibilizar los proyectos de transformación de tejidos, no solo para que ellas den a conocer sus proyectos productivos, sino el impacto que ha tenido esta iniciativa en la vida y dignidad mujeres”


En resumen, esta iniciativa es un proyecto semilla en el que ya se han desarrollado acciones significativas, como el acercamiento a la población, la gestión de los espacios físicos, la articulación con la productora audiovisual y, al momento de publicarse este artículo, la implementación de varios talleres de ReconectARTE.


Por eso, vale la pena resaltar y apoyarla, para que con rigor y optimismo, cada vez haya más condiciones para que las mujeres vivan una vida sin violencias, y para que los conflictos, por mínimos que parezcan, sean superados, generando hermandad entre colombianas y venezolanas.

Conozca más de los espacios de reconciliación comunitaria

entre mujeres de Colombia y Venezuela

Sentir y expresar...

Desde mi experiencia como migrante venezolana, y como participante en GAM, a mí el Diplomado me dio muchas herramientas para poder algo que deseo: ayudar a mujeres que, como yo, tuvieron que irse de su propio país, y que vivieron situaciones que hicieron que, incluso, tuviéramos temor o no quisiéramos hablar con otros compatriotas o, incluso, con familiares, por las diferencias en las formas de pesar o en las opiniones políticas.

Thiana

Fue muy significativo conocer formas de accionar, formas de encarar situaciones de conflicto y otras experiencias de construcción de paz desde otras instituciones. Como Fundación nos ha permitido tener una organización y poder autoevaluar nuestras iniciativas, y fortalecer las acciones de transformación que planteamos.

Juliana

Creo que lo más interesante del diplomado fue resignificar la idea de conflicto, porque somos un país que, por nuestra historia, ha asociado ese concepto con lo ‘armado’, con las violencias, desconociendo o minimizando los conflictos cotidianos de otros tipos, como los que se viven al interior de las familias, o los que viven las personas que han sufrido la migración interna o externa. También, que es posible solucionar los conflictos desde acciones cotidianas, que conecten con la realidad de la otra persona, y que la hagan sentir parte de la solución.   

Valeria

Para mí lo mejor fue pensar y plantearnos un proyecto desde cero; y que nos animaran a hacer la prueba piloto, con prueba y error; ha sido muy significativo para mí como persona y profesional. Me mostró que es posible afrontar conflictos que tal vez no son de tanta magnitud, pero que hacen muchos daños; por ejemplo, entre vecinos, entre compañeros de trabajo o en la misma familia. 

Claudia

Todas las personas e instituciones que deseen vincularse como voluntario y/o donante para apoyar esta experiencia, pueden comunicarse con:

Hna. Adriana Patricia Angarita Camacho 

Directora de la Fundación El Buen Pastor Provincia Colombo-Venezolana

 

Por: Gloria M. Londoño Monroy, FICONPAZ

2024

Fundación Instituto para la Construcción de la Paz, FICONPAZ y Secretariado Nacional de Pastoral Social - Cáritas Colombiana: Aprendiendo de su programa Fortalecimiento a los Consejos Territoriales de Paz, Reconciliación y Convivencia, ConPaz.


Desde su independencia, Colombia ha padecido constantes confrontaciones armadas por el choque entre ideologías políticas distintas. En los años 90, se llegó a un punto cumbre en el conflicto por la entrada en juego de actores de economías ilícitas enfocados en obtener beneficios para sí mismos, a cualquier precio. Siempre la sociedad civil, especialmente en la ruralidad, fue la mayor perjudicada, pues secuestros, masacres intencionadas, muertes colaterales, constantes choques entre opositores, entre otros hechos, dejaron a su paso millones de vidas profundamente afectadas.


En esa misma década, el país llegó a acuerdos para fundar una nueva constitución política que promovía con ahínco, por primera vez, la participación ciudadana y civil, considerando a las comunidades y colectivos vulnerables o minoritarios. Y fue entonces cuando empezaron a aparecer y a funcionar estrategias para hacer efectivo el mandato constitucional, como el Consejo Nacional de Paz, creado por ley en 1998.


El no saber cómo participar, el desconocer cómo organizarse, el no estar acostumbrados a que se escuchara su voz, el temor a la participación y la exposición pública, el desinterés de algunos gobiernos de turno por ese mecanismo de participación, hizo que el Consejo –conformado en aquel entonces por un 70% de representantes de instancias gubernamentales, y un 30% de la sociedad civil– se quedara en el papel, como un organismo ‘decorativo o de fachada’, con reuniones ocasionales y sin mayor impacto.


No obstante, por iniciativa y presión de la misma sociedad civil, tras los acuerdos entre el Gobierno nacional y las FARC, en 2016, se revivió y revitalizó la figura con el Decreto Ley 885 de 2017, bajo el nombre de Consejo Nacional de Paz, Reconciliación, Convivencia y No Estigmatización, como se le conoce en la actualidad.


Desde entonces, la Iglesia y otras organizaciones se han apropiado de esta instancia –actualmente con un 30% de representantes gubernamentales y un 70% de representantes de 30 sectores de la sociedad civil–, y han hecho que realmente ejerza su función: ser consultora y asesora para los gobiernos nacional, departamentales y municipales, para incidir de forma efectiva y pertinente en la toma de determinaciones que afectan, de forma directa o indirecta, la construcción integral de la paz y de una cultura de no-violencia.


Monseñor Héctor Fabio Henao, quien fuese por muchos años el director del Secretariado Nacional de Pastoral Social–Cáritas (SNPS), y quien es el fundador y director de la Fundación Instituto para la Construcción de la Paz-FICONPAZ, fue nombrado primer presidente del nuevo Consejo, y su principal reto fue enfrentarse a preguntas veladas que se hacían desde muchos sectores: ¿cómo organizarnos y hacer efectiva la voz colectiva, para que sea escuchada y considerada por los distintos niveles gubernamentales, en diversos territorios? ¿Cómo conformar y, sobre todo, dar vida a los consejos regionales y locales? ¿Cómo articularlos entre sí? ¿Cómo vehicular, desde las bases, decisiones, comunicaciones y propuestas hasta la instancia nacional, para que no se dispersen los esfuerzos y no se difumine o distorsione la voz?


Alejandro Pérez participó en ese primer momento desde SNPS-Cáritas en la definición y la puesta en marcha del Consejo Nacional, y por ello nos cuenta la trascendencia que tiene ese organismo y algunos retos superados:


La importancia del Consejo es que realmente es la instancia de participación más diversa que tiene la sociedad colombiana (participan niños, niñas, adolescentes, mujeres, hombres y personas de otros géneros, campesinos, organizaciones civiles, distintos sectores…) que está reglamentada y reconocida en el orden jurídico.


Al principio, nos enfrentamos a retos prioritarios. Uno fue cómo hacer, considerando esa diversidad, una construcción de política pública de manera articulada, escuchando a las regiones, a la ruralidad y a los sectores participantes para que se sintieran incluidos; eso implicaba preguntarse cómo organizarnos, cuál iba a ser el reglamento interno, cómo se iba a trabajar en las comisiones. Por otra parte, estaba el constituir los consejos territoriales (departamentales y municipales). Y uno más fue que, por el proceso de paz que se estaba adelantando, era necesario pensar cómo garantizar y tener participación en la implementación de los acuerdos.


Comenzó, entonces, todo un esfuerzo pedagógico y de acompañamiento para fortalecer los consejos territoriales, así como para motivar la participación, el compromiso y la implicación civil, de tal manera que la sociedad se apropiara de esos espacios y mecanismos de participación civil. Nació, entonces, ConPaz, con apoyo de entidades como el Departamento de Estado de los Estados Unidos, como comenta Alejandro, ahora gerente del programa:


“Comenzamos en 10 regiones, con 50 consejos de paz, con dos objetivos muy sencillos.


El primero, de fortalecimiento interno. Eso implica revisar, por ejemplo, decretos nacionales, acuerdos municipales y ordenanzas departamentales; crear el reglamento interno; definir el plan de trabajo a cumplir en un tiempo determinado, para que las acciones no vayan a la deriva; capacitar para facilitar la comprensión de conceptos y procesos que ni siquiera los gobernantes a veces comprenden (qué implica ser consejero o consejera, cuál es su alcance y rol, cuál es la diferencia entre el Consejo y lo que hacen otros estamentos, como la figura de Alto Comisionado para la Paz, por ejemplo).


Es importante destacar, en este punto, que es cada sector el que se organiza, el que define sus representantes; no es quien encabece la alcaldía o la gobernación, o nosotros. Por ejemplo, son los campesinos quienes eligen a sus campesinos, o los grupos de mujeres las que escogen quiénes llevarán sus voces.


El segundo objetivo es de fortalecimiento externo para hacer que se conviertan en espacios relevantes de construcción de paz y conciliación, mediante acciones específicas transformadoras. Es decir, cuando ya tenemos una instancia articulada, organizada, comenzamos a acompañar y animar las acciones que definen en su plan. Por ejemplo, en algunas regiones, hacer seguimiento a la implementación de los acuerdos de paz con las FARC en sus territorios, o hacer que el tema de paz se incluya en los planes de desarrollo que definen alcaldes y gobernadores y que aprueban concejales locales o miembros de las asambleas departamentales.


La primera etapa del programa terminó (en 2023) con 125 consejos en funcionamiento, en 13 departamentos de Colombia.


Los Consejos de Paz, Reconciliación, Convivencia y No Estigmatización son hoy una realidad en ejercicio; un movimiento que, incluso, está siendo esencial para la tramitación de conflictividades locales entre la sociedad civil (en la ciudad de Cali y en el departamento de Caquetá, por ejemplo, hay casos significativos). También, para la gestión de problemáticas ambientales, la promoción del respeto a la dignidad humana, temas relacionados con la diversidad de género, la atención de situaciones asociadas a la movilidad humana (interna o transnacional) y al desplazamiento forzado, o la unión con la institucionalidad local para desarrollar diversos proyectos que buscan el bien común, el bien de la casa común, tratando de evitar las vías de hecho, como explica Alejandro.


Promover el seguimiento desde la sociedad civil a la implementación de los acuerdos de paz ha sido de lo más destacado, porque eso no es solo responsabilidad de la Procuraduría o los países garantes. También, las acciones y la incidencia para hacer efectiva la justicia restaurativa; el haber podido organizarse para realizar propuestas y jalonar recursos para hacerlas posibles, trabajando mancomunadamente con la institucionalidad, o el participar en diálogos regionales hechos para diseñar o validar el plan de desarrollo nacional en el actual gobierno.


ConPaz ha sido, pues, una experiencia que está dejando muchos aprendizajes no solo para Colombia, sino para todos nuestros países de América Latina y El Caribe, pues si bien ese tipo de consejo se ha utilizado en diversos países del mundo para hacer posible la paz, el proceso de fortalecimiento, de animación, de acompañamiento y de seguimiento llevado a cabo ha posibilitado dar continuidad, estabilidad y proyección a las voces y a los esfuerzos, desde enfoques de pluralidad y equidad.

Además, ha dejado materiales educativos y documentación muy valiosa, que contribuye al fortalecimiento de los Consejos, pero que, también, puede servir para orientar procesos e instancias similares, esto, gracias a la creación de una caja de herramientas en línea llamada La despensa de la Paz, sitio web que: encuentra su inspiración en el Respuestario para los Consejos Territoriales de Paz, Reconciliación y Convivencia, esfuerzo conjunto entre la Misión de Apoyo al Proceso de Paz de Colombia – MAPP-OEA, el Secretariado Nacional de Pastoral Social – Cáritas Colombiana, la Fundación Instituto para la Construcción de la Paz – FICONPAZ y la Oficina del Alto Comisionado para la Paz – OACP, para brindar herramientas que promuevan y fortalezcan instancias de participación ciudadana, especialmente para fortalecer y promover los CTPRC” (Caja de herramientas en línea https://despensadelapazficonpaz.com/).


De todas formas, aún quedan muchos retos, como el seguir construyendo condiciones para derribar muros financieros o culturales que ponen barreras a las potencialidades que tienen los consejos territoriales. Por ejemplo, para que los diálogos en esos mismos espacios sean pacíficos, sin hostilidades; o el aprender a valorar la diversidad de actores que pueden participar, que pueden sentarse a construir en la misma mesa, el empresario más reconocido, un campesino, una persona excombatiente, o una persona sin estudios formales. También, el desmitificar ideas dañinas, como que quien hace parte de la sociedad civil participativa es de una posición política de izquierda adversa a la democracia o en combate con la institucionalidad; e igualmente, el construir cultura política, de lo que es ejercer la política desde la ciudadanía; seguir favoreciendo y animando la democracia local; el mancomunar capacidades, o el seguir buscando, juntos, la apropiación completa de la seguridad civil.


El futuro se construye desde el presente, lo mismo que la paz. Por eso es de destacar, para quienes hacemos parte de esta Comunidad de Práctica, esta experiencia que nos permite aprender del programa Fortalecimiento a los Consejos Territoriales de Paz, Reconciliación y Convivencia, ConPaz.

Para más información, se recomienda consultar:

 

Textos: Gloria Londoño Monroy

Fotografías: FICONPAZ

2023

  • Foto del escritor: Caminando hacia la Paz
    Caminando hacia la Paz
  • 15 sept 2023
  • 10 Min. de lectura

Fundación El Buen Pastor, con acompañamiento de Catholic Relief Services: Su experiencia al implementar la metodología ¡Mujer, no estás sola!


"GAM ha transformado mi vida en una mujer más entregada a sí misma, a mi personalidad, a mi físico, a mis emociones. Yo puedo compartirles a otras mujeres que no podemos dejarnos maltratar, ni violentar, ni que nos bajen la autoestima, por ninguna cosa que esté pasando; que sí podemos tomar nuestras decisiones. En lo espiritual, me ayudó con muchas experiencias a conectarme con Dios y conmigo misma, participante Seccional Cartagena (Colombia).


Mujer, no estás sola! es una metodología impulsada por Catholic Relief Services – CRS, basada en evidencia, que busca brindar atención psicosocial integral (primaria, secundaria y terciaria) a quienes se han visto afectadas por los impactos nocivos de las violencias, haciéndolo mediante un proceso con enfoque vivencial que promueve vínculos sanadores de conversación y soporte emocional gracias a la participación e integración en los Grupos de Apoyo de Mujeres (GAM).


En 2021, la Fundación Internacional del Buen Pastor (GSIF, por sus siglas en inglés), en alianza con CRS, comenzó a promover el uso de la metodología en las provincias de la Congregación Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor de América Latina, para responder al llamado urgente que clamaban cientos de mujeres que buscaban recibir ayuda debido a dolorosas situaciones de violencia; en aquel momento, incrementadas por el contexto de pandemia.


La Fundación el Buen Pastor (FBP), con presencia en seis ciudades de Colombia y dos de Venezuela, obra de la Congregación, hizo parte del proceso inicial de formación de formadoras, y desde entonces aplica la metodología en su provincia.


Conversar con la hermana Adriana Patricia Angarita, directora de la FBP, y con Laura Valeria Zapata, coordinadora de Programa y Planeación, nos permite aprender de esta significativa experiencia a partir de un testimonio real de cohesión, organización y empoderamiento de mujeres resilientes:


Lo primero que hicimos fue participar de la formación regional ofrecida por CRS a organizaciones hermanas en América Latina; participamos responsables psicosociales, coordinadoras y religiosas por parte de la Fundación. Por la pandemia, la formación fue virtual, pero luego, en 2022, nos reunimos en Medellín (Colombia), donde se hizo un encuentro formativo que culminó con la certificación como facilitadoras. Este proceso de formación presencial fue financiado por CRS contando con la participación de hermanas, colaboradoras y voluntarias de la fundación, en la que se certificaron un total de 30 mujeres.


Producto de ello, iniciamos un ejercicio de irradiación de lo aprendido en nuestras seccionales, desde una modalidad híbrida (presencial y virtual). En Colombia, solo se había certificado, en la primera formación, una mujer como facilitadora por cada ciudad, así que lo que hicimos fue que ella, con otra compañera formada en otra ciudad, pudiera acompañar un grupo que, si bien tenía unas sesiones presenciales, tenía otras remotas, aprovechando recursos tecnológicos y metodológicos que promueven la participación, la cohesión y la escucha durante la experiencia. Después, facilitamos otros grupos en Venezuela y Colombia de forma completamente presencial.


Desde entonces, en Colombia hemos hecho réplicas en Medellín, Manizales, Palmira, Cúcuta, Cartagena, Bogotá y recientemente comenzamos también en Cali. En Venezuela, solo en Caracas, pero estamos analizando la viabilidad para comenzar en Barquisimeto, nos cuenta Laura Valeria.

La experiencia inicial de formación de facilitadoras ha dado como resultados cuantitativos, hasta el momento, el acompañamiento a 172 mujeres, quienes han vivido la propuesta metodológica en grupos conformados por 15 a 20 participantes. Gracias a ello, como nos cuenta la hermana Adriana, se ha podido complementar y vigorizar la apuesta hecha por la fundación, en coherencia con la opción apostólica de su misión de trabajar con mujeres expuestas a las violencias o que viven condiciones de exclusión, para que “puedan transformar esas creencias que las han llevado, muchas veces, a justificar esas relaciones de violencia que viven no solo en su dimensión doméstica, por violencia física y/o psicológica, sino también violencias que se gestan y manifiestan en las comunidades”, brindándoles la oportunidad “de que analicen las causas estructurales de lo que viven, y de que visualicen, construyan y pongan en práctica, de forma autónoma, pero con ayuda mutua, discursos, mecanismos y decisiones que transformen para sí mismas, y para otras mujeres, esas relaciones, ideas y costumbres dañinas”, aclara Laura Valeria.


Para la misma hermana, optar por la implementación de ¡Mujer, no estás sola!, e integrarla con otras metodologías, estrategias y programas de la FBP que se orientan a mujeres, ha sido muy valioso, en tanto ha permitido, de una forma holística, abordar asuntos complejos que son como raíces gruesas y profundas de problemáticas frecuentes en estos dos países:


Nos hemos encontrado con violencias patentes en los contextos, pero más allá de ello, con algo más preocupante, y es que, en el discurso y hablar de muchas participantes, no se reconoce que se viven [dichas violencias]. A veces no hablan de ellas. A veces, no asocian ciertas acciones, actitudes u omisiones que hacen parte de las violencias con ellas, o directamente las excluyen como manifestaciones de las violencias. Eso genera todo un ejercicio de legitimación de esas relaciones malsanas de poder en las que han crecido y que viven en desventaja.


Adicionalmente, especialmente en territorios de frontera, también nos hemos encontrado con las caras de lo que ha significado la migración insegura, pues supone el inacceso a los derechos de las mujeres, por una parte, y por otra, la vulneración y transgresión de estos en las relaciones fuertes y en los espacios en los que se ven obligadas a vivir. Por ejemplo, al tener que compartir una misma habitación, vivienda o refugio, en condiciones de hacinamiento, con varias familias o personas que, en ocasiones, ni siquiera conocían; pierden sus entornos de confianza, la libertad y la privacidad, y se exponen a muchas situaciones de agresión y maltrato.


Así mismo, especialmente en el caso de las venezolanas, hay otros asuntos muy preocupantes. Uno es la inseguridad patrimonial y económica que viven tanto quienes emigran de forma irregular, por la explotación que sufren debido a que deben conseguir recursos, como sea, no solo para ellas mismas sobrevivir, sino para sostener a sus hijos o familiares en el país que abandonaron, como, también, para las mujeres que se quedan: madres que se enfrentan a la vejez totalmente solas, desamparadas por sus hijos, hijas o familiares; abuelas que deben hacerse cargo de los hijos e hijas de quienes se marcharon del país; hermanas muy jóvenes que deben asumir el rol de madres y cuidadoras de sus hermanos o hermanas. Se crean para todas cargas muy pesadas, económicas y emocionales, estrés y, por supuesto, graves afectaciones sobre la salud.


Otro es la violencia simbólica por la estigmatización que hay alrededor de la estética de las mujeres venezolanas, pues por los imaginarios y los estereotipos creados y reforzados a lo largo de los años, a veces sufren no por falta de dinero para alimento, sino porque tienen una presión muy alta relacionada con el sentirse bonitas, con maquillarse, pintarse el cabello y asumir su cuerpo en ese entorno cultural que las obliga a ser y estar siempre hermosas. Eso no solo las lastima en el ámbito psicológico, en su autoestima, sino que refuerza violencias machistas, las induce a la prostitución o explotación sexual, o propicia la seducción a cambio de una ayuda. También produce violencia por parte de otras mujeres no migrantes de otros países, que sienten que las venezolanas migran para quitarles a sus parejas y sus oportunidades laborales, describe la hermana.


Así, lo que les ha desvelado la metodología a las participantes, en estos casos, han sido las múltiples formas de violencias que hacen parte de las vivencias constantes de cientos de mujeres, su relación sistémica, sus causas y consecuencias; a las facilitadoras, por su parte, el reconocimiento de situaciones que difícilmente se verbalizan y que caracterizan las vivencias de quienes participan en sus grupos:


El abuso es mucho más frecuente de lo que uno se imagina, porque generalmente solo se reconoce cuando hay violencia física, que es la punta del iceberg. Incluso, muchas mujeres creen que no hay violencia si no hay maltrato corporal. Pero aparte de las violencias físicas, hay otras que son las más difíciles de reconocer, como las simbólicas, las gestuales, las expresadas con el lenguaje, las que vienen de la cultura de las comunidades, o las que se regularizan en los medios de comunicación.


A veces no las nombran porque no las reconocen. Otras, porque cuando manifestaron el abuso no hubo ninguna reacción protectora de la familia (o de personas responsables de ciertos entornos, como los laborales, o de ciertos procesos, como los legales). Otras, porque en algunas comunidades los límites son muy difusos, y no comprenden que los límites sobrepasados son formas de violencia. Incluso, porque fueron condicionadas a no expresar aquello que duele, al crecer escuchando de sus propias familiares mujeres frases como “la ropa sucia se lava en casa”. O bien, por temor a ser culpadas o responsabilizadas de lo que les sucedió o lo que les sucede.


Así, callan cosas dolorosas por vergüenza, por costumbre, porque no alcanzan a identificar que no son responsables de las agresiones, porque no han recibido apoyo de sus otros familiares cuando se han atrevido a hablar, porque las respuestas institucionales ante los abusos han sido inadecuadas o inexistentes, o por temor a ser criticadas o rechazadas por sus entornos y comunidades cuando se rebelan contra el ‘deber ser’ establecido.


Por otra parte, es más frecuente narrar las propias situaciones de violencia cuando se vivieron en el pasado, pero no es fácil que salgan y se reconozcan cuando se viven aún.


Y, además, es más fácil reconocer las violencias que vienen de parte de otra u otras personas concretas, que de las comunidades e instituciones. Es el caso de las mujeres en Cartagena, pues su entorno las lleva a ser madres siendo adolescentes o muy jóvenes, por presión social y cultural; a repetir costumbres por esa influencia de la comunidad, explica la hermana.

Por eso mismo, Laura Valeria resalta que la metodología, tanto en la formación inicial como en los grupos GAM, significa poderse “leer y leer las propias realidades”, superar esa dificultad de interpretar las violencias no físicas, atreverse a decir asertivamente a otras personas lo que uno está viviendo en el momento, superar toda forma de (auto)censura, aprender qué hacer ante las violencias, desarrollar capacidades para poner límites y desvelar la afectación de las violencias estructurales e institucionales.


La metodología lleva a comprender la relación con su padre y su madre, con sus hijos, con sus parejas, con sus entornos, con ellas. Es como un mecanismo que les ayuda a ‘aflojar’ y tocar eso que les está doliendo, y crear condiciones tanto para hacerse más conscientes de lo que viven, dándole la importancia que merece, como para actuar y transformar lo que vivencian, destaca.


Por otra parte, hay otros resultados positivos de la implementación que, si bien no han comprobado con estudios rigurosos, ni se pueden generalizar, sí han observado las facilitadoras. Entre ellos, el que algunas participantes han logrado empoderarse a tal punto que han creado mecanismos grupales, con sus mismas compañeras, para lograr su inclusión económica, o para acceder a cursos técnicos, buscando tener mejores posibilidades laborales, lo cual da pistas para pensar que la metodología no solo tiene incidencia individual, sino también en lo colectivo.


Ahora bien, tanto para la hermana Adriana, como para Laura Valeria, las experiencias que han tenido con ¡Mujer, no estás sola!, han demostrado que la propuesta metodológica es bastante completa y fácilmente adaptable a diversos contextos, pues incluye temáticas que son vitales para el empoderamiento de la mujer, así como una variedad de actividades y recomendaciones muy variadas y pertinentes. Por ello, mencionan que el único cambio que han hecho, con respecto a la propuesta original, concertado con CRS, ha sido adaptar la intensidad de algunas sesiones o aumentar el número de sesiones por temáticas, de acuerdo con la disponibilidad de las mujeres participantes, en el primer caso, o para reforzar las reflexiones sobre algunos asuntos y profundizar en temáticas que requieren algunos grupos, en el segundo.


Las adaptaciones responden a las características de los grupos, pero las hacemos solo con propósitos estratégicos y de apropiación de la información.


Por ejemplo, a veces aumentamos el número de sesiones si vemos que es necesario profundizar mucho en relación con el ciclo de las violencias, en temas normativos con relación al contexto global, o en asuntos relacionados con los ejes temáticos, según demandan las mismas participantes, como cuando hablamos de los mecanismos de protección (acceso a redes, derivación de casos de acuerdo con el marco normativo, etc.), pues les inquieta mucho eso. O también lo hacemos, cuando vemos que los ejercicios les demandan más tiempo del planificado, como nos ha sucedido cuando se hace el mapeo de las organizaciones y actores territoriales que pueden brindarles protección.


De todas formas, preservamos la esencia de la propuesta, la estructura temática, y la sugerencia de cuidar que haya equilibrio entre lo teórico y los espacios de conversación que dan relevancia a las experiencias y vivencias de las participantes.

En cuanto a las perspectivas de continuar implementando la metodología en la provincia, la hermana Adriana menciona que, si bien hasta ahora se ha animado a las mujeres formadas a que se integren a la red de GAM que lidera CRS, lo que se desea es, también, fortalecer el acompañamiento y el diálogo formativo posterior desde la misma FBP, pues si bien las animan a seguir participando y a replicar la metodología, no tienen garantías de que lo hagan.


De ahí que, en coordinación interinstitucional, estén planificando el fortalecimiento de una comunidad de práctica provincial en la que tengan cabida todas las participantes de los GAM existentes en Colombia y Venezuela, así como crear mecanismos de apoyo para que las mujeres certificadas puedan llevar a cabo réplicas con nuevos grupos, pues, como afirma la hermana, han comprobado que “es más significativo el proceso para una mujer facilitadora, que para una que solo participe”.


Así mismo, están pensando complementar los esfuerzos con la puesta en práctica de otras metodologías de CRS, como Hombres nuevos, hombres libres y Un viaje hacia una masculinidad pacífica, para promover en los entornos de las mujeres formadas, la vivencia y la promoción de masculinidades pacíficas.


Por otra parte, tienen como objetivo reforzar la atención a mujeres que ejercen la prostitución con la metodología de ¡Mujer no estás sola!, precisamente por la complejidad de las vivencias y la alta vulnerabilidad a las que se ven sometidas:


En la Fundación hacemos un trabajo importante con población prostituida, y ello nos ha permitido detectar que viven múltiples formas de violencia que, en ocasiones, no asumen como tales. Por ejemplo, les es difícil dimensionar que no en pocas ocasiones viven violaciones y agresiones sexuales, pues consideran que eso es parte de su trabajo. Por eso es un colectivo que queremos fortalecer con esta metodología, pero aplicándola en las comunidades y en los contextos de donde ellas vienen o donde viven (no en las comunidades en las que ejercen), pues es en ellas donde son ‘una mujer como cualquier otra’, donde no tienen estigmas y, por tanto, donde pueden hablar con más tranquilidad. […]. Consideramos que la propuesta puede ser un gran aporte para ayudarles a reconocer esas violencias que padecen, a reconocer qué las llevó a ser inducidas y a aceptar la prostitución como medio de vida, y a reconstruir sus imaginarios y sus entornos, explica la hermana Adriana.


Y finalmente, la perspectiva es comenzar a realizar, con base en lo propuesto por CRS, una evaluación científica completa de lo hecho hasta el momento, para dimensionar más allá de los resultados parciales arrojados por cada taller, con cada grupo, los logros alcanzados y las limitaciones o falencias a superar.


Así pues, destacamos la experiencia de la Fundación el Buen Pastor, pues, con acompañamiento de CRS, ha hecho un gran esfuerzo para brindar un apoyo invaluable que conduce al empoderamiento de cientos de mujeres vulnerables en Venezuela y Colombia; un esfuerzo revelador constructor de paz.


Lo importante que es no juzgar porque cada persona tiene una historia de vida diferente; que pasamos por distintas experiencias que explican cómo actuamos o vemos las cosas. El valor de la amistad, la solidaridad, la empatía y la resiliencia, participante Centro Esperanza, Caracas (Venezuela).

​Para más información:

 

Textos: Gloria Londoño Monroy

Fotos: GSIF Al

2023

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